Desde Dentro de Cuba.

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March 29, 1999

ORIOLES 3, CUBA 2, FANÁTICOS 0 Por Iván García, Cuba Free Press.

La Habana, Cuba Free Press.-- Francisco López, 67 años, jubilado, se quita su gorra de los Orioles --regalo de su familia en Miami-- con la que pensaba asistir al añejo estadio de El Cerro y la apretuja entre sus manos.

López, un rabioso amante del béisbol no pudo presenciar el encuentro. Intentó comprar una invitación en 30 dólares (equivalente a 600 pesos, una fortuna en la isla). Pero fue en vano. Los 50 mil invitados los puso el gobierno cubano.

López conoce con profundidad la pelota de las Grandes Ligas y no se lo va a perdonar a Fidel Castro. A pesar de la censura informativa, sigue los juegos de los profesionales por la onda corta. Sabe que Mark McGwire conectó 70 jonrones en la última campaña. Que su compatriota Orlando "El Duque" Hernández triunfa en la ciudad de la estatua de la libertad. Y que el dominicano Sammy Sosa es tan conocido como Dios. Esa era la razón --su delirio por el deporte de las bolas y los strikes-- por la que quería presenciar el choque en el estadio.

Soñaba también con ver a un extra clase, como Albert Belle, o que Willy Clark le firmara un autógrafo. Otra motivo fue la nostalgia. Hace 40 años Francisco López, entonces con 27, vio jugar en el mismo estadio a los Dodgers, de los Ángeles, último equipo de las mayores que jugaba en Cuba. Esta vez no pudo ser. Tuvo que conformarse con mirarlo por la TV.

A Ramón Cruz, de 45 años, le daba igual ir que escucharlo en su casa. Es invidente. Pero sus ojos inmóviles se llenaron de lágrimas cuando a las 12 y 4 minutos se escuchó en el estadio el himno de Estados Unidos. "Sé que estoy viviendo un gran acontecimiento pues el largo diferendo que mantienen las dos naciones --y lo que no han logrado resolver los políticos-- lo está haciendo ceder el deporte y la cultura. Es maravilloso", señaló Cruz.

Luis Álvarez, ex militar retirado, apenas sabe de béisbol. Pero él sí tuvo la posibilidad de asistir al juego, por ser miembro de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, una agrupación que apoya al gobierno contra viento y marea. "Cumplí una misión de combate. No podíamos permitir actos incontrolables por parte de los fanáticos. El gobierno cubano tiene todo el derecho del mundo a seleccionar e invitar a los mejores trabajadores y estudiantes." Es decir: a los que supone más leales. A Luis le interesó un bledo el tope.

La prensa oficial no llegó tan lejos. Antes del encuentro brindó un perfil informativo bajo y una publicidad apagada. Eso sí, siempre se refirió a esta mini serie --el otro encuentro será el 3 de mayo, en Baltimore-- como una batalla más.

El intento de que un equipo cubano se enfrentara con uno de Grandes Ligas lleva años gestionándose. En 1975 las autoridades en la isla conversaron con dueños de varias organizaciones norteamericanas. No se llegó a ningún acuerdo. Desde 1992 se venía platiando con el dueño de los Orioles, el excéntrico millonario Peter Angelus. Ahora que la gestión cuajó La Habana no está del todo satisfecha pues la solución final vino del Norte y en esta guerra de absurdos y caprichos cuando alguien propone una idea positiva se le mira con recelo.

Deportivamente hablando fue un éxito. Un buen juego. Si algo marca la diferencia con el béisbol profesional son los conceptos tácticos y el orden físico. Los peloteros cubanos enseguida se percataron que los que viven de jugar béisbol se equivocan poco. En el primer inning pagaron caro la osadía de querer correr más que la pelota y eso les costó el encuentro.

Ese mal desplazamiento entre bases mató un posible rally. El pitcheo de José Ariel Contreras estuvo soberbio. Abanicó a diez de los Orioles, recetándole par de ponches al afamado cuarto bate Albert Belle. Contreras tiene cualidades de respeto. Anótelo. En sus buenos momentos sus rectas "caminan" a 95 y 96 millas. Y sliders y tenedores endemoniados que rompen a 85 millas son una golosina para cualquier scout.

Sólo en el inning 11 los de Baltimore rompieron el abrazo a dos carreras cuando Harold Baines rechazó con fuerza una recta de 96 millas servida por el relevista Pedro Luis Lazo y conectó hits al centro para traer desde tercera la carrera definitiva.

Cuba perdió pero lució bien. Los cubanos tienen un techo alto pero jugaron un béisbol un tanto ingenuo. Eso tuvo su precio. Un lanzamiento sin malicia del abridor José Ibar, en tres bolas, al receptor de los Orioles, Charlie Johnson fue casi una sentencia. La bola viajó lejos por la banda izquierda.

Si una cosa quedó clara es que el día en que los peloteros de la isla puedan volver a jugar en Gran Carpa, sin tener que huir de su patria, tienen el éxito garantizado. Siempre fue así. Hasta 1962 Cuba era el país que más peloteros aportaba a las Grandes Ligas. Tras la ruptura de relaciones con Estados Unidos, naciones del área como Dominicana y Puerto Rico ocuparon nuestro lugar.

Esta mini serie tiene varias lecturas. Además de ganar el juego, los Orioles comenzaron a abrir un camino que puede seguir deslindándose. Los cimientos de la intolerancia sufrieron un pequeño sismo. Probablemente todavía se van a resistir. Pero es deseo de una mayoría en Cuba y Estados Unidos que el muro de la intolerancia se resquebraje y venga abajo.

Debería también ser meta y voluntad de los respectivos gobiernos. No hacerlo podría significar una gran imprudencia.

Iván García, Cuba Free Press.


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